Opinión
Drácula
Año de producción: 2025 Dir. Luc Besson
Una historia conocida sobre el amor, la espera y todo lo que cuatrocientos años no pueden reemplazar
- La vi el
- Mi calificación
- 4
La película me gustó bastante. Quedé atrapado desde las escenas introductorias, donde nos contextualizan sobre Vlad y Elisabeta.
Una condena nacida del amor
El origen de la maldición que aflige a Drácula, se sabe, es que reniega de Dios de forma violenta. El porqué lo hace es donde, muchas veces, radica la diferencia entre distintas narraciones de la historia. Y, como no era ningún secreto desde el título de esta cinta, el abordaje de la historia en esta película sería desde el amor y el romance.
Me bastó poquito para entender la intensidad con la que Vlad ama a Elisabeta, y me convertí en un empático empedernido tan pronto como vi su sufrimiento al sostener entre sus brazos el cuerpo muerto de su amada. Luego, supe también con bastante claridad que Besson había elegido el amor y la intensidad con la que éste se vive como el eje rector de su cuento cuando hace que Vlad equipare sus sentimientos por Elisabeta y el dolor por su pérdida con una condena eterna de inmortalidad vacía. No parece importarle y, de todos modos, procede con su enojo. Es una declaración importante a favor del amor y la intensidad.
No soy un conocedor particular de la obra de Luc Besson. Creo que, cuando mucho, ésta sería la segunda cinta que veo conscientemente con su nombre como firma del director, siendo la primera Léon: el profesional. Es por eso que no cuento con un marco de referencia sólido para juzgar esta película desde su origen artístico o, cuando menos, para compararla dentro de una filmografía en particular. Pero no por eso la disfruté menos.
Creo que, si bien no puedo envolver lo que diré con una manta que presuma saber sobre “lo bessoniano”, sí puedo deshebrar las decisiones particulares que se tomaron en esta cinta y reconocer, honestamente, todas las que llevaron la historia a buen puerto. Fueron varias, en realidad, como en una buena película, pero sin duda se puede hablar de un par como las más significativas para este proyecto.
Y una de esas decisiones fue el reparto.
Una belleza hecha para este mundo
Me agradó bastante ver a Christoph Waltz interpretando el papel del aquí sólo llamado cura. Me resulta agradable ver al actor mismo ejecutar su arte, de modo que el papel que hace no me resulta tan relevante como ver la capacidad de Waltz de elevar prácticamente cualquier personaje que interpreta.
Sin embargo, en el orden de los actores que participaron en esta cinta, creo que debo mencionar ya no sólo a Waltz, sino al trabajo de casting mismo, que creo resultó muy bien logrado. No diría que sea extraordinario ni que alguno de sus elementos brille particularmente por su novedad, pero sí creo que la elección de los actores que interpretaron a Vlad y Elisabeta cumplió a la perfección con la excentricidad necesaria para sus respectivos papeles.
Creo que los rostros de Caleb Landry Jones y Zoë Bleu ofrecen una estética particular, muy ad hoc con el espíritu gótico y fantástico que necesita la obra, y además poseen mucho del carácter romántico y performativo que requiere la parte del romance y el drama que propone Besson.
No puedo localizar a la perfección de dónde viene esa ¿preferencia?, ¿juicio?, o lo que sea que causa en mí la rara idea de que las bellezas poco convencionales resultan más interesantes, algo más “atractivas” para mirar cuando aparecen en una pantalla. En el caso de Caleb Jones, es ese conjunto de facciones en su rostro que lo alejan de la delicadeza y que, por eso, combina tan bien con su maquillaje y su caracterización de alma milenaria que ha sufrido, literalmente, por cientos de años. En el caso de Zoë Bleu, me encanta su rostro, con la arquitectura tan natural que posee y esa atemporalidad estética que convierten su apariencia e identidad en un par que orgánicamente puede aparecer tanto en una pintura renacentista como en una ilustración de la modernidad. Ésas son, en conjunto, yo creo, esas apariencias de belleza subjetiva y utilitaria que llenan todos los huecos del detalle que se quiso alcanzar en esta historia y que, en tándem con su talento actoral, resultaron en un trabajo de casting muy acertado.
Eso me dice que hubo a disposición de Besson un grupo nutrido de elementos y talentos que llenaban ya no sólo los zapatos, sino los trajes de época, las armaduras de caballero y las pelucas de caracterización especializada de forma espléndida.
Cuatrocientos años esperando
Hay una secuencia, sin embargo, que terminó concentrando buena parte de lo que más disfruté de la película: aquella en la que el conde Drácula le cuenta su historia a Jonathan como parte de su último deseo.
Es una secuencia de escenas que me parece fenomenal.
El trabajo que hace el montaje para transmitirnos la idea del exceso, de la carencia de significado y valor en éste, y el desazón que se encuentra en una vida que carece de amor, me parece de altísima manufactura cinematográfica. Los encuadres, la música e incluso las coreografías de baile me resultaron fascinantes y las veo muy bien ejecutadas. Es un grupo de tomas que nos ofrece de todo, muy bien contado y todavía mejor capturado.
Vemos, desde el recuerdo y la añoranza, el acomodo perfecto del contexto. Vemos, también, con un hilo que enlaza todos los momentos, una coreografía de baile que, ejecutada por todos los participantes a cuadro, nos lleva por varias épocas, varios lugares, varios grupos y también varios colores, varios decorados y muchas nuevas personas todo el tiempo.
Podemos ver a Vlad divirtiéndose de forma artificial, o superficial, si cabe más, ya que sabemos que su interés para hacer todo eso es encontrarse de vuelta con el amor que perdió. Vemos, con el juego de maquillajes cambiantes, el paso del tiempo, la acumulación de la espera y la decepción en el rostro de Vlad. Vemos, en el comportamiento de los demás, cómo participan de la diversión, pero no ofrecen ninguna presencia o compañía fuera de eso. Es todo exceso vacío y diversión construida.
Es un deslizamiento progresivo, visual y muy cinemático hacia la soledad, el asco por el exceso, el cansancio de la vida y la desesperación. Logrado de forma exquisita porque nos acerca, de forma entretenida, a una filosofía muy cierta: la que nace de una confrontación elemental. Hay fiestas, cuerpos, placeres, viajes, riqueza, música, tiempo. Hay literalmente siglos. ¿Pero está viviendo? ¿Qué diferencia existe entre vivir cuatrocientos años y pasar cuatrocientos años esperando?
Creo que precisamente ahí fue donde terminó de funcionarme el enfoque romántico de esta versión de Drácula, pues convierte el amor de estos dos en algo más allá de la lealtad, y me resulta interesantísimo.
El artificio también forma parte del pacto
También disfruté bastante la construcción visual de ese mundo. El maquillaje es, si bien algo exagerado en ocasiones, bastante convincente. No creo que se note fuera de lugar demasiadas veces y ofrece, al contrario, un gran elemento narrativo que ayuda bastante con la inmersión. El rostro decadente del Vlad maldito, y luego su interpretación y propuesta visual cuando ya es Drácula, son ejecuciones del maquillaje fantástico característico del cine, pero con elementos de alta teatralidad que nos recuerdan constantemente que vemos una historia fantástica, aunque esté estrechamente ligada con la realidad a través del amor.
Pero no sólo el maquillaje me resultó adecuado y bien utilizado, porque incluso las gárgolas, con su mal CGI, me parecieron un gesto divertido, casi desinteresado, que busca lo práctico en vez de la exquisitez técnica. Ésa puede ser, cuando mucho, una de las cosas que más fácilmente podrían reprochársele a la película y que, a mí, sencillamente no me molestó casi para nada, pues, como he dicho antes, ver una película requiere recuperar un pacto con el creador (o con la cinta misma) con el que te guiarás a lo largo del metraje. Y creo que el pacto inusual y fantástico que ofrece Besson fue suficientemente claro desde el principio e interesante en su totalidad como para poder pasar por alto esas pequeñas cosas.
Eso sí: rumbo al final me pareció algo extraño que aquellas criaturas terminaran siendo niños esclavizados por la maldición del vampiro. De repente, me parece una explicación innecesaria para criaturas que funcionaban perfectamente como elemento fantástico. Pero ésos son, supongo, los impuestos que se pagan cuando a cambio recibes una buena película de fantasía y ficción.
Lo que queda detrás del monstruo
Siento, entonces, que detrás del maquillaje, las criaturas, los castillos, los bailes y toda la ornamentación gótica de la película, la propuesta de Besson me parece finalmente bastante sencilla: el amor es, en ocasiones, tan intenso como para equipararlo con una maldición centenaria. Es suficiente para hacerte esperar cuatrocientos años con tal de poder despedirte, por última vez, de tu ser amado.